"Con las cosas de comer no se juega", es una expresión que solemos escuchar con cierta frecuencia, y más en estos días de crisis que parecen que no vayan a acabar nunca.
Con la educación tampoco se juega, porque es el futuro de nuestra sociedad. Por mucho que insistamos, y hasta que todos nuestros políticos no lo entiendan, habrá que seguir recordándoles que el dinero empleado en educación no es un gasto, sino una inversión que nos haga olvidar toda una tradición española basada en el "que inventen ellos" y que ha supuesto un atraso secular de nuestro país en el campo de la investigación y la ciencia.
Pero si hay algo en lo que no se puede perder ni un segundo pensando si aplicamos los famosos recortes es la salud. Una cosa es racionalizar el gasto y otra muy distinta despojar a la sociedad de esa magnífica red asistencial sanitaria, que con todos los problemas que se quiera, hemos conseguido crear entre todos a lo largo de décadas de esfuerzos. Quienes acudimos con frecuencia a un hospital o a una consulta sabemos de la importancia de una atención sanitaria de la que depende la propia supervivencia como persona. No estamos hablando de comer mejor o peor, de aprender más o menos, ni siquiera de aprender en mejores o peores condiciones. De lo que se trata es de poder vivir o sobrevivir con enfermedades crónicas, con enfermedades graves o simplemente con enfermedades. Una visita médica anulada, una operación no realizada, una prueba diagnóstica a destiempo puede suponer todo en la vida de un paciente.
Si nadie es dueño de la vida de nadie, menos un político metido a mal administrador que puede acabar teniendo en sus manos el futuro de nuestra sociedad. Hablamos de sanidad, hablamos de salud, hablamos de vida o muerte. Y eso en una sociedad como la nuestra, moderna, avanzada y en la que nos achicharran a impuestos y en la que te tratan como a un delincuente si te equivocas en la declaración de la renta no es aceptable, no es tolerable.

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