Alberto Fabra, el flamante president de la Generalitat valenciana tiene una ocasión inmejorable para demostrar que en el PP hay formas distintas de hacer política a las practicadas por su antecesor. Es más que evidente que estamos en uno de los momentos más difíciles desde el punto de vista económico en España y en el mundo industrializado. La época expansiva y de derroche llevada a cabo por los distintos gobiernos de la Generalitat han llegado a su fin, es el momento de olvidarse de los grandes eventos y de las construcciones faraónicas y dedicar los recursos disponibles a hacer más fácil la vida de la gente. Frente a la carreras automovilísticas una mejor sanidad sin recorte; frente a las vueltas al mundo de barquitos una educación de calidad con los recursos necesarios, tanto materiales como personales; frente a monumentales palacios de la ópera que se utilizan un par de veces al año, aplicación de la Ley de Dependencia a miles de personas que malviven en situaciones precarias; y frente a despliegues televisivos millonarios, totalmente innecesarios una mayor implicación en la lucha contra el paro en una comunidad que está casi cuatro puntos por encima de la media nacional de parados.
El Molt Honorable tiene una ingente tarea por delante consecuencia el desastre heredado de Francisco Camps pero su mayor obstáculo para llevar a cabo una auténtica regeneración de la política valenciana lo tiene en casa. El PP es el primer impedimento para que esta comunidad empiece a salir de la crisis.
Y el problema no es tanto que se sepa cuál es el obstáculo principal o qué partido político seguro que no nos saca de esta situación, precisamente porque es el principal causante, sino que el problema más grave es que no se ve luz al final del túnel; ni siquiera sabemos en qué tramo del túnel estamos y cuánto de lejos queda la salida.
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