Desde el 12 mayo, funesto día para este país en el que Zapatero dio a conocer las decisiones que según él había tomado pero que en realidad le fueron impuestas por los mercados y por el entramado neoliberal que dirige la economía de este planeta, muchas han sido las reflexiones que se han hecho, muchos los análisis y muchas las preguntas formuladas y que han quedado sin respuesta en ocasiones o con respuestas tan evidentes que tal vez hubiera sido preferible no haberlas formulado. ¿Es posible la izquierda en la UE?, ¿se pueden llevar a cabo políticas progresistas de izquierdas en un sistema de mercado?, ¿para qué sirven realmente los políticos en nuestras democracias si realmente no son ellos quienes en última instancia toman las decisiones que más nos afectan?, ¿hay alternativa al actual sistema económico?, ¿se puede refundar el capitalismo?, ¿sirve para algo refundarlo?, ¿hay un auténtico interés en hacerlo?...
Podríamos seguir. Estoy seguro que una lectura de los post de estos dos últimos meses nos plantearía muchas más preguntas. En algunos casos ya las hemos debatido y en otros podríamos acabar el año debatiéndolas. Tal vez llegásemos a las mismas conclusiones. Estoy seguro. Pero de lo que también estoy seguro es que lo vivido en los últimos tiempos de esta crisis transciende más allá de lo que han sido otras ya vividas. La intensidad, la gravedad,
la deriva tomada por los gobiernos, el insultante descaro de los mercados y especuladores que han obligado a los políticos a bailar al son que ellos marcaban y las decisiones tomadas como consecuencia del juego de estos especuladores, piratas modernos que no necesitan surcar los mares a bardo de bajeles sino navegar por la Red desde la comodidad de sus despachos, nos ha despertado a una realidad que lo peor que nos podría pasar es no querer aceptar.
Los gobiernos democráticamente elegidos han fracasado estrepitosamente y lo han hecho porque no han tenido las agallas necesarias y la decisión política de tomar medidas contra quienes se han convertido en el auténtico peligro para la subsistencia de la sociedad actual tal y como la conocemos. Otra cosa es preguntarse si nos sirve ya la actual estructura social, si no ha llegado el momento de buscar otros caminos y explorar otras vías. La sociedad del bienestar no existe, es una quimera, un espejismo que nos habían vendido como algo posible y al que debíamos y podíamos aspirar. La Unión Europea, una vez más, ha vuelto a mostrar al mundo su ineficacia y está claro que EEUU seguirá su propio camino, por libre, como ha venido haciendo hasta ahora y sólo en cuestiones y en momentos puntuales puede coincidir con Europa cuando sus intereses vayan a la par pero no más.
Nuestras cárceles están atestadas de delincuentes, pobres infelices a fin de cuentas, víctimas de un sistema cuyas leyes se han atrevido a violar y sobre quienes ha caído todo el peso de la ley. Pero los auténticos delincuentes continúan vistiendo trajes millonarios, camisas de cuello blanco y ocupando despachos cuya sola visión es un insulto para los miles de millones de desahuciados que mueren diariamente por no tener acceso a las mínimas necesidades básicas. Contra estos no hay gobierno que se atreva, ni Justicia que pueda porque son ellos quienes ponen y quitan a voluntad y nos permiten seguir con la ilusión de que son nuestros votos quienes deciden pero la democracia burguesa que conocemos no es más que la excusa, el velo delante de nuestros ojos que nos oculta la realidad.
Con todos estos elementos
Iñaki Gabilondo hizo el jueves, en el cierre de temporada de su programa
Hoy en CNN + un editorial que por su interés reproduzco en su integridad.
“El curso que concluye no nos parece que haya sido un curso como los demás. Porque lo ocurrido tras la hecatombe financiera ha sido tan aplastante que nos parece que marca un antes y un después. La naturalidad con que ha impuesto su ley en todo el mundo la doctrina que nos arrastró al abismo ha descorrido el cortinón que ocultaba una gran verdad.
Somos súbditos de los mercados. El régimen en el que vivimos es una dictadura, una dictadura muy particular, pero una dictadura; disfrazada con los ropajes de la democracia, pero una dictadura.
Nuestros orgullosos estados, nuestros representantes políticos, la mayoría de nosotros los ciudadanos fingimos no darnos cuenta y manejamos toda la gesticulación de la normalidad democrática pero ya no podemos ignorar que los caminos están marcados, que fuera de ellos no hay salvación y que nuestra libertad sólo puede ejercitarse en el pequeño margen de elasticidad (un poquito más pa’aquí, un poquito más pa’allá) que se nos autoriza.
No estamos desde luego ante ninguna situación que queramos calificar con tremendismo. No hay tremendismo en esta afirmación. En los últimos meses hemos podido comprobar que se ha decretado un modelo obligatorio de gobernación. La socialdemocracia, por ejemplo, ha quedado prohibida de facto. Se le permite gobernar, eso sí, con tal de que no sea con sus propios puntos de vista.
Así que una vez que esta evidencia, era largamente sabida, ha estallado de forma tan clamorosa, se trata de saber ahora que hacemos: si aceptamos sin reparos esta dictadura, o si lo ocurrido, lo tan evidentemente puesto de manifiesto, desencadena una revisión de fondo sobre la democracia y sobre su futuro. Que no debe ocupar solamente a la izquierda, naturalmente. Pero para la izquierda se convierte en decisivo: o descubre su sentido y su papel en esta nueva realidad o estará condenada a marchitarse y desdibujarse. Es un punto de vista, pero tengo la impresión de que por aquí van aproximadamente las cosas”.
A partir de ahora quien se quiera llevar a engaño lo hará de forma consciente porque las cosas han quedado muy claras. Este sistema no nos sirve. Quien creyera que los tiempos de la lucha de clases habían acabado estaba equivocado. Quien pensara que estábamos en un sistema democrático se engañaba. La democracia, actual, la democracia burguesa sólo sirve a los intereses de quienes tienen el poder económico. Los demás no pasamos de ser lo que siempre hemos sido, simples peones sobre el tablero de ajedrez sacrificables en cualquier momento.