Llegó el Papa. Habló y dijo lo que quiso o lo que la sesuda diplomacia vaticana le indico que era conveniente decir. Mintió. Una vez más. Nos explicó con hechos lo que es discriminar a la mujer y con palabras a qué tiene derecho. A poca cosa y si es posible que sea mientras trabaja en casa. Si no hay más remedio dejémosla trabajar fuera, pero un poco sólo un poco. Se fue. Y ahora aparece una caterva de interpretadores de lo que hizo, de lo que dijo, de lo que dijo pero que no entendimos porque realmente era otra cosa de la que hablaba. De la misma manera que sólo la Santa Madre Iglesia Católica tiene la potestad de interpretar la Biblia, sólo la jerarquía eclesiástica y los columnistas opinadores de la caverna nacional católica supieron captar la esencia del mensaje y de los gestos del Papa Ratzinger. Quienes contemplaban el espectáculo necesitan ahora de su verbo fluido para acabar de digerir su palabra. Continúan creyendo que el pueblo es tonto e inculto. Lo malo del Santo Padre es que se le entiende todo. Para su desgracia.

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