Del compartir surge una chispa que enciende el alma y provoca una incipiente fogosidad en el latido del corazón. Desde los pies hasta el pecho y desde el pecho hasta el cerebro, la sangre se va disolviendo progresivamente con la magia que empuja hasta llegar a cada extremo: los ojos se abren como soles, tratan de captar la luz pacífica; las aletas de la nariz quieren absorber el aroma de la vida; la boca no puede evitar imitar una luna rosada, que deja al descubierto su brillo interior; las manos desean coger las partículas de aire; los oídos anhelan escuchar su canto. Entonces, un seísmo estremece el cuerpo entero, hace vibrar las cuerdas vocales e interrumpe la armonía del día con un sonido procedente de los labios, que, tensos y desvergonzados, se abren gradualmente.
Así, todos los sentidos quedan colapsados por la risa, que, tras un efímero clímax, perece, siendo felizmente ahogada.

Gracias, Anna, por convertirte hoy en nuestro David Garrick particular.
ResponderSuprimirAnna es mejor de los microrrelatos que has publicado. Espero que sigas publicando más.
ResponderSuprimirSaludos,
Marta
Gracias por leerme y por comentarme. Espero que los textos que vaya publicando no os decepcionen.
ResponderSuprimirNo solo no decepcionan, sino que inspiran y provocan admiración. Las gracias a ti.
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