Andaba sin rumbo. Sin destino. Sin más compañía que la noche violada por las luces envidiosas de las inalcanzables estrellas. Sin más consuelo que un abrigo que protegía su cuerpo del invierno asediador. Sin más propósito que iniciar su viaje a ninguna parte dentro de una ciudad cercada por yedras y marañas venenosas de pesadillas, deseosas de llantos y sudor.
De pronto, tras de sí, apareció una sombra que amenazaba con confundirse con la suya propia. Entonces, apremió el paso y fijó la mirada sobre aquella mancha que se deformaba con el relieve del suelo, pero que no cesaba en su empeño. Su respiración era más profunda, su corazón latía a mayor velocidad. Noches en vela, días sin Sol, deseos y promesas que se perdieron por las brechas del camino, temores y dudas como astillas en los pies, reflejos de quienes no están, de quienes no volverán y de quienes espera un último abrazo.
Sus piernas comenzaron a flaquear. Sobre su piel apareció una película húmeda que difuminaba las pequeñas gotas de agua y sal que partían desde unos ojos que encogían a cada milésima de segundo. Entonces, sus rodillas cayeron rendidas sobre el suelo y todo su cuerpo se oscureció con la sombra que había estado acechando la suya durante un tiempo del que nadie tenía constancia, del que tanto podría haberse tratado de un minuto como de dos décadas.
Una mano se puso sobre su espalda. Otra, sobre sus dedos gélidos de pánico. En frente, desde lo lejos, comenzó a asomar la madrugada. Desapareció la noche, desaparecieron las sombras. Y desapareció el acecho.
Sus piernas comenzaron a flaquear. Sobre su piel apareció una película húmeda que difuminaba las pequeñas gotas de agua y sal que partían desde unos ojos que encogían a cada milésima de segundo. Entonces, sus rodillas cayeron rendidas sobre el suelo y todo su cuerpo se oscureció con la sombra que había estado acechando la suya durante un tiempo del que nadie tenía constancia, del que tanto podría haberse tratado de un minuto como de dos décadas.
Una mano se puso sobre su espalda. Otra, sobre sus dedos gélidos de pánico. En frente, desde lo lejos, comenzó a asomar la madrugada. Desapareció la noche, desaparecieron las sombras. Y desapareció el acecho.
Desde esta mañana me aparecen hipervínculos que yo no he puesto en mis entradas. No sé si os habéis percatado. Me ha ocurrido despues de que me costara mucho entrar a través de blogger. He pedido ayuda a blogger pero si a alguien le ha ocurrido lo mismo le agradeceré la ayuda
ResponderSuprimirSupongo que el relato es de tu hija. Me ha gustado mucho.
ResponderSuprimirCorrecto, desde la semana pasada cada domingo dejará un relato. Espero que os gusten.
ResponderSuprimirBuena idea.
ResponderSuprimirA mí me lo parece.
ResponderSuprimir¿Qué edad tiene tu hija? Me parece una excelente escritora.
ResponderSuprimirTiene 19 años y está estudiando 2º de Periodismo. Le encanta escribir y no se le da nada mal.
ResponderSuprimirMe alegro de que os guste lo que he publicado de momento. Espero que siga así la cosa. Procuraré escribir textos un poco menos metafóricos y más comprensibles, aunque reconozco que me cuesta.
ResponderSuprimirEscríbelos de todas clases, porque todos valen. Y todos cuestan. Felicitaciones por tu talento.
ResponderSuprimirPrecioso.
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