Navegamos por mares agitados con aguas embravecidas, se escuchan cantos de sirena y los peligros acechan noche y día. Pero al igual que a Ulises, el viaje nos enseña, nos abre los ojos a una realidad que no es ciertamente la que deseamos y en la que creíamos vivir.
Surcamos las aguas de una crisis económica y financiera con un patrón desnortado y unos oficiales que no atinan a dar las mismas órdenes, con unos adversarios cínicos e hipócritas que aplauden lo que hace el capitán pero no lo pueden confesar porque aspirar a lanzarlo por la borda y ocupar su puesto, con una Justicia que no es justa que castiga a quien pretende serlo.
Y en mitad de esta tormenta, en lo más duro de la travesía se nos muere Rafael Sanus, el obispo que allá por el año 2000 se rebeló contra su superior, el entonces arzobispo de Valencia, García-Gasco por reivindicar la iglesia del Concilio Vaticano II. Tuvo que dejar el Colegio del Corpus Christi, donde vivía desde hacía más de 20 años, del que había sido rector y para cuya salvación había conseguido años antes una donación providencial. Progresista dentro de su Iglesia el prelado de Alcoy era un defensor de la libertad y de una institución eclesial dialogante, abierta al pueblo y respetuosa con el Estado laico. Su último escrito público fue para defender la liturgia en valenciano, uno de los puntos de discrepancia con Agustín García-Gasco.
Malos tiempos.
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