martes, 9 de marzo de 2010

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Sobre la censura

La dimisión de Román de la Calle era obligada. Se esperaba desde el mismo momento en que se anunció la cacicada. La destrucción es incompatible con la inteligencia, la censura con la libertad. ¿Cómo puede amparar el museo de la Ilustración un asalto a la razón, y de tan escasas sutilezas, tan rudo y hampón? ¿Cómo puede el director, que cree firmemente en esos valores, permitirlo? Ha de irse. Lo inaudito es que no se marchen los autores de la felonía antidemocrática.

 
Creo que Alfonso Rus, el napoleoncillo socarrat, ha hecho muy bien en censurar la exposición de fotoperiodismo del Muvim en la que se mostraban a dirigentes de su partido en diversas situaciones cotidianas: saliendo del juzgado, reunidos con un mafioso en la mesa de una terraza, abrochándose un traje que quizás no pagaron… Ric Costa de bebé pucheritos, Josemari Aznar en galas de doctor honorífico recomiéndose de gusto de haberse conocido y, la mejor de todas, Rita Barberá como un coágulo bermellón embistiendo al objetivo de la cámara, en apariencia celebrando un éxito electoral pero, por las pintas, como si fuera a comerse un jarrón chino o un recién nacido.
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Este episodio dañará el crédito de los censuradores, si aún tuvieran alguno, especialmente porque los gobiernos normales se conforman con ser percibidos como benéficos o pasables. Sólo el de Nuestro Amado Líder quiso encarnar la proporción áurea, el bien supremo y la verdad desvelada, todo en una pieza, con los resultados sobradamente conocidos. Así que ver reunida semejante antología, justifica la pedrada al espejo o la huida a escape, poseídos por el espanto, tras prender fuego a la galería de retratos de la familia.

 
El día que el entrometido de Máximo Caturla, vicepresidente de la Diputación de Valencia, decidió llamar por teléfono a su jefe —al que tanto debe— inició la campaña publicitaria más grande que una exposición de fotografías haya tenido por estos lares; al menos desde aquella otra en homenaje a la bata de cola —o algo así— en la que escamotearon las fotos de un puñado de políticos obra del bueno de Sanchis. Aleshores (perdón) fue Rita Barberá.
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La propaganda gratuita que les ha hecho el PP es alucinante: cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.

 
Miguel Bosé afirmó que "en todos los países" existe represión "a pequeño o gran nivel", y citó "lo que ha pasado en Valencia con la exposición fotográfica y el caso Gürtel".

El vicepresidente primero del Gobierno valenciano, Vicente Rambla, considera que estas palabras constituyen un "despropósito y un desprecio hacia todos los valencianos". Desde mi modesto entender los únicos que se pueden sentir despreciados son los censores, sean o no valencianos. ¿Se da por aludido el señor Rambla?

2 interesantes opiniones:

  1. Son tics franquistas imposibles de desvincular de una derecha hispánica cuyo factor multiplicador en el País Valenciano eleva su singularidad a endemismo regional. Nada nuevo bajo el Sol, desgraciadamente. Lo único positivo de este embrollo es que la sociedad civil parece que empieza a rebelarse. Veremos en qué queda todo esto.

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  2. Totalmente de acuerdo.

    Yo también he escrito sobre esto, y en términos aún más fuertes.

    Saludos,

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