Por el extraordinario interés en el análisis sobre la degradación del parlamentarismo en Les Corts valencianas voy a dejar una parte del ártículo publicado hoy en El País por Adolf Beltrán bajo el título "La democracia y las formas". Esta semana me he tenido que referir en un par de ocasiones a este tema y desgraciadamente creo que tendré ocasión de hacerlo más veces.
...la democracia, o es formal o no es democracia. Induce a la tristeza ver cómo bracea la izquierda en las Cortes Valencianas para hacer valer los mínimos de una cuestión tan obvia frente a una derecha burdamente ajena a la importancia, simbólica y real, que la dimensión procedimental tiene en el juego democrático.
La presidenta del Parlamento autonómico, Milagrosa Martínez, seguramente no ha oído hablar de Norberto Bobbio y casi con seguridad jamás lo ha leído. Tampoco el vicepresidente Rafael Maluenda. Pero el teórico italiano ya explicó en su día que la norma y el poder son dos caras de la misma moneda. No puede uno cargarse las normas desde el abuso de poder sin poner en jaque la sustancia misma del sistema político. Martínez perdió las formas, al delatar una parcialidad escandalosa a favor de Rita Barberá en el tumultuoso pleno del miércoles pasado. Maluenda las perdió al expulsar con un autoritarismo vergonzoso al portavoz socialista, Ángel Luna, y Juan Cotino se cubrió de gloria al agredir verbalmente a la diputada de Compromís Mònica Oltra.
La igualdad, la dignidad de las personas y los derechos fundamentales son condiciones previas al ejercicio del debate democrático. Si la oposición achucha, incluso con agresividad, va en el sueldo y la condición de quienes ejercen el poder, cuya responsabilidad es mantener la respuesta en los márgenes de un respeto escrupuloso a las técnicas de garantía articuladas para que la relación entre la forma y la sustancia de las decisiones no se desequilibre. Es muy preocupante que el PP llegue a extremos como el de esta semana desde su concepción omnipotente de la mayoría, que entiende la democracia como un frontón y no como una forma de institucionalizar la confrontación política para producir decisiones colectivas con el máximo de consenso y el mínimo de imposición.
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Es verdad que la actitud de doña Mónica es agresiva, muy agresiva, pero como dice el articulista, le va en el sueldo a Cotino; bueno, en el sueldo y en otras prebendas económicas de dudoso encaje en la legalidad vigente, presuntamente claro.
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