'Francisco Camps forma parte ya del pasado de la Comunidad Valenciana'
Ser un gobernante en tiempos de bonanza tiene poco mérito -en general- si se limita a administrar los recursos y poca cosa más. La cosa cambia si uno se plantea modificar cimientos, cambiar tabiques del Estado e incluso acometer alguna reforma en profundidad. Véase el caso de Zapatero que se complicó extraordinariamente la primera legislatura -que hubiera podido ser muy tranquila- con todo el tema de la negociación con ETA o las reformas de los estatutos, fundamentalmente el catalán. Pero cuando las cosas se tercian -y no me refiero solamente al aspecto económico- es cuando un político debe mostrar su auténtica dimensión y dar la talla frente a la sociedad a la que sirve.
Francisco Camps es claro ejemplo de lo dicho anteriormente. Tuvo la suerte de llegar al gobierno en unos años de bonanza en todos los aspectos. Prácticamente no había que hacer nada, casi ni tomar decisiones. Las cosas parecía que funcionaban solas y aunque desde un primer momento estuvo bastante claro que no iba a gobernar para todos, muchos de los que en un principio no le votaron fueron pasándose de bando por muchos motivos pero entre ellos cabría destacar la venta que hicieron de un producto inexistente. Pero lo vendieron tan bien que la gente empezó a comprar las participaciones de una acción de gobierno encaminada a convertir a la Comunidad Valenciana en un supuesto paraíso donde aquella famosa frase de Aznar "España va bien" podría traducirse por la de "la Comunidad Valenciana va de lujo". Y en esta situación de éxtasis, de orgia política e incluso de orgasmo patriótico, ¿quién se iba a atrever a pedir explicaciones a un gobierno que actuaba a sus anchas, hacía lo que le venía en gana aplicando el rodillo parlamentario y ampliaba elección tras elección el respaldo electoral?
La oposición parlamentaria se vio reducida a la mínima expresión de acción y la crítica prácticamente desapareció con la ayuda de los medios públicos controlados por el gobierno de Camps y la complacencia de un electorado de derechas cada vez más envalentonado que criticaba y veía con malos ojos los intentos de fiscalización que tienen encomendados los grupos que no son gobierno. Demasiados años sin expectativas de ser alternativa convirtieron a la izquierda valenciana en un erial donde se luchaba por subsistir y mantener los pocos espacios de poder que le quedaban y la derecha pensó que podía hacer lo que le diera la gana. Y lo hizo. Lo hizo con la complacencia de la sociedad valenciana.
Y de aquellos polvos vinieron estos lodos. ¿Para qué hacer concursos públicos para adjudicar contratos?, ¿para qué mostrar los contratos a la oposición?, ¿para qué dar explicaciones si eran los dueños del cortijo?, ¿acaso el dueño no gestiona como quiere? Y lo hizo, y lo hicieron. Durante años, durante demasiados años. Pero se destapó el pastel, empezaron a salir los escándalos del caso Gürtel y Camps pasó de ser el jefe a lo que siempre fue y nunca debió de dejar de ser: un pobre hombre al que se le escapan los acontecimientos de las manos y no tiene capacidad de liderazgo. Su nombre quedará ligado a unos trajes impagados y a millones de euros presuntamente dilapidados a cuenta de corrupciones personales y/o financiación irregular del PP.
Eso sí, su desprecio por la izquierda y a los sectores progresistas de la sociedad a quienes volvió la espalda desde el principio de su gobierno siguen inalterables. Como ejemplo la campaña que continúa para acabar con las emisiones de TV3. ¿Quién le iba a decir que se convertiría en la víctima de los abucheos populares en la fiesta del 9 de octubre? Ya ni su falsa sonrisa es capaz de ocultar la situación de final de ciclo que está viviendo.
Camps es el ejemplo claro de la forma de votar de los valencianos poco acostumbrados a demandar candidatos capaces y preparados y a exigir eficacia en su gestión. El caso valenciano ya es sintomático de la enfermedad de una sociedad, que no vota al PP sino contra el PSOE. Posiblemente también por culpa de los mismos socialistas que hicieron dejación de unas funciones que les correspondían. No estaría de más que fuésemos capaces de usar nuestra inteligencia para intentar descubrir a quien nos utiliza para sus fines e intereses en lugar de quienes tienen sinceramente deseos de trabajar por los ciudadanos.
En mis artículos de reflexión postelectoral después de las elecciones europeas reclamé que Jorge Alarte empezara a recorrer la Comunidad Valenciana para cuajar una alternativa seria y rigurosa. Parece que al final ha entendido el mensaje y dedicará tres días a la semana a hacerlo. Cada martes, miércoles y jueves, visitará todas las poblaciones valencianas de más de 20.000 habitantes. Cuando acabe que se coja las de menos población. Así, la campaña electoral más larga, un año y medio si no hay adelanto electoral, arrancó para Alarte esta semana en territorio hostil: Orihuela. Tanto él como su aparato no son ajenos al último dato de las encuestas: el 80% de los valencianos no saben quién es, y por eso ha decidido "salir a la calle a escuchar a la gente". Y es lo que hicieron en Orihuela, más que hablar, escuchar. ¿Será verdad que algo ha empezado a moverse? No sé aún si Jorge Alarte será el futuro pero de lo que no tengo ninguna duda es que aunque siga siendo President de la Generalitat, Francisco Camps forma parte ya del pasado de la Comunidad Valenciana.





