Posiblemente sea uno de los artículos más duros escritos sobre el presidente Camps. Ojo, no contra Camps sino sobre su figura y lo que representa hoy en día. J. J. Pérez Benlloch ha publicado un análisis terriblemente lúcido y demoledor en El País de hoy que bajo el título "El presidente calamidad" reflexiona sobre la devaluación personal y su reflejo en el gobierno de la comunidad de alguien que pretendió convertirse en el mejor presidente y se le recordará por el presidente de los trajes y la corrupción.
Hoy, y a resultas de estos episodios, el presidente Camps es una calamidad para su partido tanto como para la Comunidad Valenciana. Para los suyos porque se ha convertido en un lastre, pues evoca la corrupción allí donde comparece, un efecto que se agrava a medida que se destapan asuntos ocultados -los sustanciosos lucros con la visita del Papa, por ejemplo- y carece en consecuencia de futuro político, por más que Mariano Rajoy le acoja en su seno mientras pueda. Además, agónico, se aúpa más cada día sobre el cadáver de terceros, de magistrados indulgentes hasta el absurdo o lo culposo, órganos directivos del partido reducidos al silencio anuente, el mentado apuntillamiento de su segundo en el rango partidario, la degeneración informativa de RTVV, transformada más si cabía en foco turiferario. No es raro que, a pesar de los confortables pronósticos electorales, ya se piense en candidatos que capitalicen tal bonanza antes de que se diluya a golpe de nuevos y viejos escándalos.
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